Trump comenta sobre Jackson y la Guerra Civil: Ignorancia histórica y el declive de la Presidencia estadounidense

por Tom Mackaman
8 mayo 2017

En recientes comentarios sobre la historia de Estados Unidos, el presidente DonaldTrumpcombinó la era de Andrew Jackson con la Guerra Civil e insistió en que esta última, conocida entonces y desde entonces como el “conflicto irreprimible”, podría haberse evitado.

“¿Por qué hubo una Guerra Civil? ¿Por qué no se pudo resolver?”, preguntóTrumpen una entrevista el primero de mayo por la radio por satélite Sirius. Luego afirmó que la Guerra Civil inquietó a su héroe Andrew Jackson, quien ya habíamuerto 16 años antes del estallido de la guerra.

Trumpdijo: “Quiero decir, si Andrew Jackson hubiera sido [presidente] un poco más tarde, no habría sucedido la Guerra Civil... Él estaba realmente enojado porque vio lo que estaba sucediendo con respecto a la Guerra Civil. Dijo: “No hay ninguna razón para esto”.

No parece necesario corregir las falsas declaraciones deTrump, las cuales siguen sus observaciones del primero de febrero que revelaron que el presidente no sabe quién fue el famoso abolicionista, FrederickDouglass. En cuanto a su afirmación de que la Guerra Civil fue un error calamitoso, es decir, que no hubo nada históricamente necesario acerca de la guerra más sangrienta de la historia de Estados Unidos, la Segunda Revolución Americana que puso fin a la esclavitud, es una interpretación reaccionaria y desacreditada con su propia historia sórdida.

Cabe resaltar un punto en específico: el presidente estadounidense hace caso omiso de hechos básicos y la cronología de la historia de su propio país, incluyendo su acontecimiento más significativo, la Guerra Civil.

De este hecho inquietante deben extraerse otras conclusiones ineludibles. Es obviamente imposible queTrumplogre aprovechar, de manera significativa, la experiencia de la historia. No puede ubicar los acontecimientos actuales en ningún contexto político e histórico más amplio. Y si la historia estadounidense le es tan ajena, se puede estar seguro de que no sabe nada de la historia de los países que amenaza con guerras comerciales o ataques militares: México, Alemania, Corea del Norte, Irán, China, Rusia, etc.

En un sentido estrecho, la ignorancia deTrumpno es sorprendente. Al igual que los multimillonariosinversionistas y “empresarios” que representa —y para quienes ganar dinero es el verdadero y único dios—, el estafador de bienes raíces, personalidad televisiva y ahora comandante en jefe seguramente le ve poco uso al pasado. En la medida en que hace referencias a la historia, es algo puramente transaccional. Al igual que la venta o compra de un hotel,para Trumpcada evento histórico es un episodio único que se puede seleccionar e interpretar de manera impresionista a fin de ganancias inmediatas.

Sin embargo, en un sentido más amplio, Trumpsólo simboliza el declive a largo plazo del conocimiento histórico de la clase dominante estadounidense. Se puede considerar a su predecesor en la Casa Blanca. Mientras que pueda ser verdad que Barack Obama no hizo tales errores fácticos tan llamativos comoTrump, no se puede encontrar ni una sola referencia memorable o profunda sobre el pasado en ninguno de sus discursos.

El conocimiento de Obama sobre la historia no es ni menos superficial ni deshonesto como el deTrump. ¿Cómo podría ser de otra manera? ¿Cómo podría el presidente que, en el rescate de Wall Street, supervisó la mayor transferencia de riqueza en la historia de la clase trabajadora a los ricos equipararse honestamente a Lincoln, quien en la emancipación de los esclavos llevó a cabo la mayor incautación de propiedad privada en la historia mundial antes de la Revolución Rusa? ¿Cómo podría un presidente que proclamó su “derecho” a asesinar sin juicio a los que él considera como terroristas, apelar al legado democrático de Jefferson y Madison, los autores de la Declaración de Independencia y Carta de Derechos, respectivamente?

Poner tales nombres en el mismo párrafo –Trumpy Obama de un lado; Lincoln, Jefferson y Madison por el otro— marca la impresionante degeneración en el personal de la presidencia estadounidense. Lincoln, aunque más que todo un autodidacta, fue un asiduo estudiante de Shakespeare, las matemáticas y la historia. Jefferson y Madison estuvieron entre los grandes pensadores de su época, con sus enormes y utilizadas bibliotecas llenas de volúmenes sobre ciencia, filosofía y literatura de la antigüedad clásica.

El descenso después de Lincoln fue empinado y prolongado. No ha habido ni un verdadero estudiante de la historia en la Casa Blanca en el medio siglo desde la administración truncada de John Kennedy (1961-1963), quien, como Franklin Roosevelt (1933-1945) veinte años antes de él, al menos era capaz de aparentar sentirse cómodo hablando sobre el pasado. Antes de ellos, Theodore Roosevelt (1901-1909) y el exprofesor Woodrow Wilson (1913-1921) escribieron volúmenes de historia y fueron nombrados presidentes de la Asociación Histórica Americana después de sus años en la Casa Blanca.

El uso de la historia por estos presidentes estuvo siempre al servicio de una clase gobernante estadounidense, cuyos días revolucionarios murieron con Lincoln. Por ejemplo, Wilson, en su erudición histórica, promovió el mito de que la guerra civil fue un error, una interpretación falsa que DonaldTrumpahora escupe. Wilson lo hizo como parte de un proyecto académico más amplio que buscaba enterrar el significado revolucionario e igualitario de la Guerra Civil. Esto lo hizo en el contexto de la aparición de EE.UU. como una potencia imperialista que libraría sangrientas guerras coloniales en el extranjero y guerras industriales contra la clase obrera en el país.

Aun así, Wilson y Theodore Roosevelt trataron de promover la idea de que sus políticas eran el resultado del desarrollo progresivo de la historia de EE.UU. y del mundo, un proceso en el que imaginaban que el capitalismo estadounidense y sus formas gubernamentales seguirían desempeñando un papel especial, incluso mesiánico. Desarrollaron sus interpretaciones idealistas para enfrentarse al socialismo científico, cuyo enfoque materialista de la historia, descubierto por Karl Marx, atrajo a intelectuales, artistas y a un creciente número de trabajadores y jóvenes.

Por estas y otras razones, los presidentes en un período anterior promovieron el estudio de la historia en el aula. Este no es el caso hoy. No es solamente que los ocupantes de la Casa Blanca de las últimas décadas hayan sido individuos ignorantes sobre la historia, incluyendo algunos cuya ignorancia es de dimensiones históricas. La presidencia es hoy un podio para el matonismo contra la enseñanza de la historia, así como el arte y la música, en las escuelas primarias, colegios y universidades.

Podemos comparar las observaciones de Theodore Roosevelt sobre la enseñanza de la historia y el arte, pronunciadas en la conferencia anual de la Asociación Histórica Americana en 1912, con el insípido comentario de Obama sobre el mismo tema, publicado en el 2014.

Roosevelt: “La historia, enseñada para un propósito directo e inmediatamente útil para los alumnos y los maestros, es una de las características necesarias de una buena educación en la ciudadanía democrática... pocas inscripciones nos enseñan tanta historia como ciertas formas de literatura que no apuntan conscientemente a la enseñanza de la historia en lo absoluto. Las inscripciones de la Grecia helenística en el siglo III antes de nuestra era no nos dan una visión tan realista de la vida ordinaria de los hombres y mujeres comunes que vivían en las grandes ciudades helenísticas de la época, como lo hace el decimoquinto idilio deTeócrito”.

Obama: “Muchos jóvenes ya no ven los oficios y la manufactura cualificada como una carrera viable. Pero les prometo, la gente puede hacer mucho más, potencialmente, con especializaciones en manufactura o en oficios que lo que podrían lograr con un título de historia del arte... Sólo digo que puede lograr una vida muy buena y tener una gran carrera sin tener una educación universitaria de cuatro años, siempre y cuando se obtengan las habilidades y la formación correctas”.

No es que Roosevelt ignorara la necesidad del trabajo industrial, sino que por lo menos se refirió al ideal que un acceso amplia a la historia y la cultura son un bien positivo y lo respaldó con un cierto grado de financiamiento del gobierno. De palabra y de hecho, los últimos presidentes –Trump, Obama, George W. Bush, etc.— atacan la enseñanza de la historia y la idea de una educación liberal. Sus “reformas” educativas, como “ Race to the Top ” (Carrera hacia la cima) de Obama, han conllevado a despidos de decenas de miles de maestros con grados en estudios sociales y le han impedido encontrar trabajo a toda una generación de maestros de historia, literatura, música y arte.

Hay que añadir que el ataque a la historia también se ha llevado a cabo desde las torres de marfil en las universidades. Los altamente remunerados profesores del posmodernismo y de la política de identidad, muchos de ellos los “teóricos” más reconocidos y altamente recompensados de las universidades elitistas —no sólo en Estados Unidos, sino también en Gran Bretaña, Francia y Alemania— insisten en que no hay una historia objetivamente comprensible del todo. Todo es simplemente una “narrativa” que uno hace o deshace según el objetivo inmediato. El archivo histórico dejado atrás por generaciones pasadas es tratado de la manera más arrogante y tratan con desprecio cualquier búsqueda de objetividad, hechos y verdad, términos que invariablemente colocan dentro de comillas en los textos posmodernistas.

Si la premisa postmodernista sobre la historia es verdadera, entonces ¿por qué sería menos válida la “narrativa” profundamente falsa deTrumpsobre la historia estadounidense? ¿Qué tal la “narrativa” del historiador alemánJörgBaberowskide la historia del siglo XX que relativiza los crímenes del Tercer Reich? ¿Cómo es que el argumento de Trumpde que la Guerra Civil fue todo un gran error fundamentalmente diferente del de los defensores de la política de identidad, como Michael Eric Dyson, que ven la historia estadounidense como una historia de “racismo blanco” inmortal e interminable?

Puede parecer irónico que a medida que la historia cierra filas ante la clase dominante, su comprensión de la historia se erosiona, un proceso reflejado en la propia presidencia estadounidense.

No es nada irónico. La historia es un invitado muy desagradable en el banquete suntuoso donde los ricos despilfarran a expensas de las masas trabajadoras. Sus lecciones más básicas deben llenar de miedo a los multimillonarios y a sus políticos: que los tiempos cambian y en ciertos puntos los oprimidos los revolucionan, que las masas pueden aprender de la historia y asimilar sus experiencias estratégicas y que incluso las oligarquías más ricas y aparentemente atemporales han caído —entre ellas la dinastía de losCapetosdel Antiguo Régimen en Francia, la dinastía Romanov de la Rusia zarista y, por supuesto, la antigua élite propietaria de esclavos con la que Trumpse identifica.