El debate presidencial demócrata: un millón de millas de la realidad social estadounidense

16 septiembre 2019

El debate presidencial celebrado en Houston el jueves por la noche demostró por tres horas la enorme distancia entre el Partido Demócrata y la clase obrera estadounidense.

Sucedió a tan solo 48 horas antes de la expiración del contrato para 158.000 trabajadores automotores en la industria manufacturera más importante de EUA y solo seis semanas después de la renuncia del gobernador del territorio estadounidense de Puerto Rico tras protestas masivas de cientos de miles dirigidas contra la élite política bipartidista y los bancos de Wall Street.

Pero, en ningún momento de la interminable transmisión de ABC hubo alguna discusión sobre las condiciones de vida de la clase que compone la mayoría de la población de EUA. Los millonarios que buscan la nominación presidencial democrática y los “periodistas” millonarios como George Stephanopoulos y David Muir que moderaron el debate viven en un mundo diferente al de las masas obreras.

El senador Bernie Sanders (izquierda) y el exvicepresidente Joe Biden hablan el jueves durante el debate de las primarias demócratas auspiciado por ABC en Texas Southern University [crédito: AP Phoyo/David J. Phillip]

No hubo ninguna discusión sobre el tema que ha sido sin excepción la primera preocupación en todas las encuestas de opinión: los empleos y la economía. No hubo discusión sobre la pobreza y el aumento de la desigualdad económica. Y, a pesar de que dos importantes industrias fueron objeto de ataques demagógicos —las aseguradoras y las farmacéuticas— no hubo ni una pizca de critica al sistema capitalista.

En cambio, se dio la usual combinación de promesas demagógicas enlatadas en frases y los ataques mutuos. Esto fue seguido por retórica vacía sobre la necesidad de estar unidos y el deseo de servir al pueblo —las mismas tonterías de cada ciclo electoral—. El propósito es encubrir las realidades de clase en Estados Unidos: que la clase capitalista controla a los dos principales partidos, mientras la clase obrera, la gran mayoría de la población, está marginada políticamente. Le dan una “opción” en la elección presidencial entre dos representantes igual de derechistas de la élite corporativa.

El senador de Vermont, Bernie Sanders, comenzó el debate declarando, “les hablaré sobre lo que casi no se habla en el Congreso o en los medios… este país está encaminado hacia una forma oligárquica de sociedad en la que un puñado de milmillonarios controla la vida económica y política de este país”.

Eso es perfectamente cierto, pero a pesar de que afirma que, “como presidente, estaré preparado para enfrentarlos”, no ha podido “enfrentarlos” en el debate en Houston. Ningún otro demócrata ha atendido este tema y Sanders nunca lo volvió a mencionar.

Tampoco lo abordó ninguna pregunta. Ese silencio es predecible dado que ABC News es controlado por Walt Disney Company, un conglomerado de medios que recibió casi $60 mil millones en ingresos y $12,6 mil millones en ganancias netas el año pasado.

Sanders reconoció que el dominio de los superricos representa una amenaza creciente para la democracia. Sin embargo, afirma que la mera elección de un presidente llamado Bernie Sanders transformará el capitalismo estadounidense en un jardín del Edén. El león se arrimará a los corderos y la oligarquía simplemente aceptará políticas que tomarán billones de dólares de su riqueza para pagar seguros médicos universales, maternales, universidades gratis y la eliminación de la deuda estudiantil.

Sanders tiene un papel específico en el Partido Demócrata. Le da una cubierta de izquierda a esta organización derechista y controlada por las corporaciones. Su prominencia en la campaña presidencial siempre es descrita como una prueba de que el partido está girando hacia la izquierda, mientras se convierte en el partido preferido tanto de Wall Street como del aparato militar y de inteligencia.

Particularmente desde que Trump entró en la Casa Blanca, los demócratas han intentado encarrilar toda la oposición popular hacia el Gobierno en una dirección derechista. Esto asumió la forma de la campaña antirrusa. Por medio de acusaciones falsas de que Trump es un títere ruso, ha buscado generar apoyo popular para una afirmación más agresiva de los intereses imperialistas de Estados Unidos contra Moscú en Oriente Próximo, Asia Central, Ucrania y Europa del Este.

En el debate del jueves, esta orientación imperialista de derecha dominó la breve discusión sobre política exterior. Hubo muchas críticas a la guerra comercial de Trump contra China, pero puramente de un orden táctico—de que ha sido mal organizada, errática, impulsiva, etc.—. Todos estuvieron de acuerdo en que China es la principal amenaza al dominio mundial de EUA y que se debe combatir a toda costa.

El exsecretario de Vivienda, Julian Castro, pidió que se usaran las cuestiones de derechos humanos como “apalancamiento” contra China, alegando que “millones de uigures están siendo encarcelados y maltratados en este momento” en China. Fueron particularmente explícitos los comentarios del vicepresidente Biden: “[E]stamos en una posición en la que, si no establecemos las reglas, nos encontraremos efectivamente con que China establecerá las reglas. Y por eso tienes que organizar al mundo para enfrentar a China…”.

Mientras todos los candidatos afirmaron que sacarían las tropas de Afganistán, una promesa vacía hecha en debates previos, no hubo ningún comentario sobre el aumento por parte de Trump de las presiones económicas y militares sobre Irán, el hecho de que está armando la masacre saudita en Yemen, incluyendo la política de Trump y Netanyahu de anexar los Altos de Golán y, posiblemente después de las elecciones israelíes, gran parte de Cisjordania.

Cuando se trata de la campaña de Trump de subversión económica y política contra Venezuela, hubo un apoyo general. Sanders llamó al presidente Nicolás Maduro un “tirano”, mientras que Castro criticó a Sanders por no utilizar la palabra “dictador”. Sanders, quien presumió en los años ochenta ser un amigo de la revolución sandinista en Nicaragua, no dijo nada sobre la larga historia de intervenciones imperialistas estadounidenses por toda América Latina.

Otro aspecto que cabe reportar del debate del jueves fueron los encomios efusivos hacia el registro del Gobierno de Obama. Biden, por supuesto, ha colocado su papel como vicepresidente de Obama en el centro de su campaña, en gran medida para distraer de su largo y completamente reaccionario historial en el Senado de EUA.

En los debates previos, hubo algunas críticas al registro de Obama, particularmente en inmigración, pero en Houston, cada candidato realizó por lo menos aplaudió por lo menos una vez a Obama y prometió continuar el supuesto “progreso” durante sus ocho años en el cargo. Como un ejemplo representativo, Elizabeth Warren dijo, “Todos le debemos una enorme deuda al presidente Obama, quien transformó fundamentalmente el seguro de salud en Estados Unidos y comprometió a este país a tener un seguro de salud para cada ser humano”.

En realidad, Obamacare fue una bonanza para las empresas aseguradoras, las cuales participaron en su diseño, mientras que las empresas farmacéuticas y las cadenas de hospitales con fines de lucro lo respaldaron. Fue parte de una política más general para favorecer a Wall Street a expensas de los trabajadores: Obama rescató los bancos, sin enjuiciar a ni un solo CEO, y obligó a restructurar la industria automotriz con un recorte del 50 por ciento en los salarios para los nuevos contratos, estableciendo el modelo para la aparición de imperios de salarios esclavizantes como Amazon. Su política exterior expandió el militarismo del Gobierno de Bush, añadiendo intervenciones estadounidenses en Libia, Siria y Yemen a las de Irak y Afganistán.

Ninguno de los candidatos pudo abordar el hecho de que fueron los ocho años bajo Obama los que hicieron que Donald Trump fuera presidente. Hillary Clinton hizo campaña en 2016 como la continuadora del Gobierno de Obama, como la candidata de Wall Street y el aparato militar y de inteligencia. Secciones importantes de la clase obrera giraron en desesperación a Trump o se rehusaron a votar del todo.

La campaña de Biden, que sigue de primera en las encuestas, se basa en una repetición de la campaña de 2016, esperando que Trump haya enajenado suficientemente a los votantes en varios estados clave del centro del país. Sanders y Warren abogan por una dosis de demagogia “izquierdista” para ganar votos, sabiendo muy bien que los líderes congresistas demócratas y la clase gobernante en general rechazarán sus propuestas reformistas.

Al final del día, sin importar quién sea nominado, ¿cómo se vería otro Gobierno del Partido Demócrata? Sería derechista, persiguiendo ciertas obsesiones del ala demócrata de la clase gobernante en política exterior, dirigidas contra Rusia y elevando el peligro de una guerra con un rival con armas nucleares.

Ninguno de los candidatos pide recortes amplios al presupuesto militar masivo ni desafía el papel de EUA como una superpotencia global militar que puede desplegar sus fuerzas a todos los continentes.

Ninguno está dispuesto a tratar la realidad de que no es posible ninguna mejora seria en los niveles de vida y servicios sociales de las masas obreras sin tomar control de la riqueza que ha sido creada por el trabajo, pero que ahora está en manos de la élite gobernante.

Ni Sanders ni los otros llamó a confiscar la riqueza de los milmillonarios —ni siquiera el impuesto del “dos por ciento” propuesto por Warren que nunca sería recolectado— y tomar control de los bancos y las principales industrias, colocándolos bajo control democrático de la clase obrera para que todo se produzca por el bien común y no las ganancias privadas.

El Partido Demócrata no puede ser un vehículo para luchar por estas políticas. No es una alternativa a las políticas ultraderechistas de Trump y del movimiento fascistizante que está buscando construir.

Los demócratas, tanto como los republicanos, son un partido de la gran patronal y el imperialismo estadounidense. La tarea política para la clase obrera es romper con todo el sistema bipartidista controlado por las corporaciones y construir un movimiento político independiente con base en un programa socialista e internacionalista.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 13 de septiembre de 2019)

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Patrick Martin