La exhumación de Franco: la clase gobernante española rinde tributo a un dictador fascista

por Alejandro López y Alex Lantier
4 noviembre 2019

El jueves de la semana pasada, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) exhumó los restos del dictador fascista general Francisco Franco, trasladándolo del mausoleo del Valle de los Caídos al cementerio Mingorrubio de Madrid. El PSOE inicialmente había afirmado que la exhumación disminuiría el protagonismo de Franco al sacarlo de su enorme mausoleo oficial. El acontecimiento en cambio se volvió un espectáculo degradado que rindió tributo a uno de los dictadores más sangrientos del siglo XX.

Franco lanzó un golpe fascista contra un gobierno elegido en julio de 1936 para sofocar la radicalización socialista de obreros y campesinos que se estaba difundiendo en toda España. El golpe sumió el país en una guerra civil de tres años durante la cual Franco se alió con la Alemania nazi y con la Italia fascista. Al menos 200.000 opositores políticos, intelectuales y trabajadores de izquierdas murieron en una guerra que devastó la mayor parte de España.

Entre 700.000 y un millón de otras personas pasaron por los casi 300 campos de concentración durante la guerra y en los '40, según la investigación de Carlos Hernández de Miguel, publicada en Los campos de concentración de Franco (Ediciones B, 2019). Golpeados y humillados a diario, muchos murieron de malnutrición y de hambre. Otro medio millón de personas huyeron de España como refugiados políticos.

A lo largo de las cuatro décadas siguientes, Franco gobernó España con mano dura. La policía secreta arrestó, torturó o asesinó a miles de personas. Se prohibieron las huelgas, los partidos políticos y los sindicatos, y se suprimieron los derechos democráticos. La prensa y los libros fueron censurados, y la educación superior y la atención médica de calidad estaban reservadas solo a los privilegiados.

Hasta el día de hoy, España ocupa el segundo lugar, después de Camboya, entre los países con el mayor número de “desaparecidos”: 114.000, según estimaciones de historiadores y familiares. Muchos fueron ejecutados por pelotones de fusilamiento fascistas. Sus cuerpos fueron arrojados a fosas comunes y cunetas.

Pero un observador fortuito de la cobertura mediática detallada y exultante de la exhumación de Franco no habría oído nada sobre esto. El acontecimiento cuidadosamente escenificado fue transmitido durante ocho horas enteras por la televisión estatal española, incluyendo vistas aéreas filmadas desde un helicóptero.

Más de 200 periodistas estuvieron cerca del lugar. La familia de Franco, tristemente célebre por la fortuna amasada a lo largo de décadas de robo, corrupción y nepotismo, fue transportada con dinero público en microbuses al Valle de los Caídos. El PSOE envió a la ministra en funciones de justicia, Dolores Delgado, que se vistió de negro para mostrar su respeto por Franco y los deudos. Sin embargo, un grupo de fascistas le gritó “profanadora” y “zorra” cuando llegó.

Acompañando a los 22 descendientes de la familia Franco y al cura estaba el abogado de la familia, Luis-Felipe Utrera-Molina Gómez, hijo de José Utrera-Molina, secretario general del único partido legal bajo Franco, el fascista Movimiento Nacional. Se le permitió a Francis Franco, el nieto de Franco, llevar la bandera fascista española.

El ataúd, envuelto en una bandera con la Cruz Laureada de San Fernando —la más alta condecoración militar que se otorga en España— fue llevado después hacia afuera de la basilica a hombros de familiares hacia el helicóptero, donde Francis recibió un saludo militar por parte del personal del helicóptero.

Cuando el ataúd llegó al cementerio de El Pardo-Mingorrubio, cientos de fascistas hicieron el saludo fascista mientras coreaban cánticos fascistas y llevaban la bandera del régimen anterior. Uno de los presentes fue el antiguo teniente coronel Antonio Tejero Molina, condenado a 30 años de cárcel por la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, que intentó restaurar el régimen franquista después de la transición a la democracia parlamentaria tras la muerte de Franco. Su hijo, Ramón Tejero, cura, estuvo a cargo de los actos del entierro.

El régimen franquista cayó en medio de huelgas y protestas de masas de la clase trabajadora a finales de los '70. En 1978, cuatro años después de que la Revolución de los Claveles derrocara la dictadura fascista de Salazar en Portugal, se adoptaba una nueva constitución en España mediante conversaciones entre funcionarios del régimen fascista, el PSOE y el estalinista Partido Comunista de España (PCE). Esta transición, junto con la caída del Muro de Berlín y la restauración del capitalismo en Europa del Este en 1989, sentó las bases para la fundación de la Unión Europea (UE) en 1992.

Millones de personas en todo el mundo están mirando ahora impactadas y asqueadas la conmemoración fastuosa de Franco, un asesino en masa fascista despreciado por la clase trabajadora. Esto sucede en medio de una oleada de huelgas y protestas de masas contra la desigualdad social que ha movilizado a los trabajadores desde el Líbano, Argelia e Irak hasta Hong Kong, Ecuador y el movimiento de los “chalecos amarillos” en Francia, y huelgas de masas en la industria automotriz y minera en Estados Unidos. Después de décadas de austeridad, guerra y desigualdad social creciente, hay una ira explosiva creciente en la UE y el régimen español de la Transición.

Por más que la burguesía española se esfuerce por promover a Franco como alternativa, sin embargo, su régimen ha pasado por un juicio histórico. Como sus aliados Hitler y Mussolini, él fue un monstruo cuya carrera personificó el uso por parte de la burguesía de los asesinatos en masa para defender su riqueza y privilegios. Fue parte integral del fascismo europeo, que cometió los crímenes más deleznables de la historia humana, sumió al mundo en guerras que se cobraron la vida de decenas de millones de personas y llevó a cabo un genocidio de los judíos europeos en defensa del capitalismo, el nacionalismo y la desigualdad social.

La exhumación de Franco es coherente con la promoción universal de los fascistas por parte de la burguesía europea. En Francia, el presidente Emmanuel Macron aclamó al dictador fascista Philippe Pétain como un gran soldado mientras organizaba la represión masiva contra los “chalecos amarillos”. En Alemania, un esfuerzo renovado está en curso, dirigido por el profesor de la Universidad Humboldt, Jörg Baberowski, para lavar los crímenes del régimen nazi. Baberowski dijo, de manera infame, “Hitler no era despiadado”.

En España la campaña de Estado policial se ha centrado, además de en la promoción del franquismo, en la represión sangrienta de los nacionalistas catalanes procapitalistas. Este otoño, nueve de ellos fueron condenados a entre 9 y 13 años de cárcel después de un juicio farsa, por haber convocado profestas pacíficas y organizar un referéndum acerca de la independencia de la región. El PSOE ha reprimido brutalmente las protestas masivas contra la sentencia reaccionaria. Los enfrentamientos han dejado a más de 700 personas heridas y 200 manifestantes arrestados, de los cuales 31 fueron enviados a prisión sin fianza. Cuatro manifestantes perdieron un ojo por las balas de goma de la policía.

El Observatori del Sistema Penal i els Drets Humans ha iniciado investigaciones por tortura y maltrato a manifestantes en la sede de la Policía Nacional en la Via Laietana de Barcelona —tristemente utilizada como centro de tortura bajo Franco. El observatorio citó a varias jóvenes que describieron escenas “muy duras” de sus compañeros detenidos que estaban siendo golpeados allí. Una dijo, “La sangre salía volando literalmente de los golpes que les daban a los chicos, que hasta manchaba las paredes”.

Intentando adormecer a los trabajadores, el PSOE se las da de crítico del franquismo mientras dirige la represión sangrienta en las antiguas prisiones de Franco. El presidente del gobierno Pedro Sánchez dijo que la exhumación era un paso hacia la “reconciliación”, y añadió: “La España moderna es el producto del perdón, pero no puede ser el producto del olvido”.

El principal aliado del PSOE, el partido populista pseudoizquierdista Podemos, promocionó de manera similar la exhumación. El dirigente estalinista de Podemos, Pablo Iglesias, tuiteó que era una “buena noticia”, aunque también dijo estar decepcionado porque oficiales del ejército español saludaran a Franco: “Es una vergüenza democrática ver a miembros de las fuerzas armadas saludando el cuerpo de un dictador”.

Estas declaraciones se basan en mala fe política. Dentro de la maquinaria estatal y las fuerzas armadas en España y en Europa, como se sabe muy bien, hay un apoyo profundo al fascismo. En junio, el Tribunal Supremo español dictaminó que la declaración de Franco del primero de octubre de 1936, mediante la cual se proclamó a sí mismo jefe de Estado pocos meses después de lanzar su golpe fascista, lo hizo el jefe de Estado legítimo. Con todo y con eso, Podemos se alineó con el silencio general de los medios y el establishment político sobre esa sentencia reaccionaria que legitimaba un golpe fascista que llevó a asesinatos en masa.

Respecto al PSOE, sus políticos marcharon junto al partido franquista Vox en Barcelona contra el independentismo catalán y en apoyo de la represión policial. Días después, la vicepresidenta del gobierno en funciones Carmen Calvo llamó a José Antonio Primo de Rivera, el fundador de la Falange fascista en 1934, “víctima” de la guerra civil. De hecho, Rivera fue un conspirador clave en el golpe de Franco. Se lo acusó de conspiración y rebelión, se lo juzgó y ejecutó en los primeros meses de la guerra.

Al extraer las lecciones tras el golpe de Franco de la bancarrota de las políticas de Frente Popular de los precursores del PSOE y Podemos, incluyendo al estalinista Partido Comunista de España (PCE), León Trotsky advertía en 1936: “El gobierno del Frente Popular, es decir, el gobierno de la coalición de los trabajadores con la burguesía, es en su misma esencia un gobierno de capitulación a la burocracia y los funcionarios. Tal es la gran lección de los acontecimientos de España, que ahora se pagan con miles de vidas humanas”.

Muchas décadas después, esta advertencia es crítica para los trabajadores y los jóvenes de España y del mundo. Desacreditados por décadas en las que impusieron políticas de austeridad y guerra, el PSOE y Podemos no tienen la base en la clase trabajadora que sus predecesores tuvieron en tiempos de Trotsky. Pero trabajan, como explicó Trotsky, para desarmar a la clase trabajadora en medio de la amenaza creciente a la represión fascista y la violencia estatal para crear condiciones para que crezcan fuerzas abiertamente fascistas como Vox.

Movilizar la oposición creciente de la clase trabajadora en la lucha contra la violencia fascista del Estado requiere la construcción de un partido trotskista como una alternativa a Podemos. La tarea crítica ante los trabajadores y los jóvenes es construir una sección del Comité Internacional de la Cuarta Internacional en España y en otros países de Europa.

(Publicado originalmente en inglés el 2 de noviembre de 2019)