Las cuestiones de clase en la pandemia de coronavirus

6 abril 2020

El coronavirus, que continúa su propagación por todo el mundo, no discrimina con base raza, género, nacionalidad ni orientación sexual. Sin embargo, el único factor indudablemente crucial en evitar la infección y aumentar las probabilidades de supervivencia es la riqueza.

Como con todo evento natural o epidemiológico, el coronavirus está topándose con la realidad de una sociedad partida por la desigualdad social. Las condiciones de vida de las masas las hace mucho más vulnerables al contagio y mucho menos capaces de enfrentar las consecuencias del recrudecimiento de la catástrofe económica.

Esta realidad de clase se manifiesta en innumerables formas. El viernes, el New York Times publicó un artículo, “Los datos de locación lo dicen todo: quedarse en casa durante un coronavirus es un lujo”. Documenta el hecho de que los ricos en EE. UU., ahora en el centro de la pandemia, han podido acatar las medidas de “distanciamiento social” con mucha mayor facilidad que los pobres.

Fabián Ramírez, 11, y su familia rebuscan en un contenedor de basura vegetales desechados durante la cuarta semana de cuarentena para contener la propagación del COVID-19 en Asunción, Paraguay, 12 abril, 2020 (AP Photo/Jorge Saenz)

“A pesar de que las personas en todos los grupos de ingresos se están moviendo menos que antes de la crisis”, escribió el Times, “las personas más ricas se están quedando en casa más, especialmente durante la semana laboral. No solo eso, sino que en casi todos los estados, lo hicieron antes que los pobres, dándole una venta en el distanciamiento social conforme se propaga el virus, según datos agregados de la empresa de análisis de locación Cuebiq, que rastrea aproximadamente a 15 millones de usuarios de celular en todo el país a diario”.

El análisis señaló que, para el 16 de marzo, cuando el Gobierno de Trump finalmente comenzó a aconsejar quedarse en casa, los movimientos cayeron en todas las áreas. “Pero para esa fecha aquellos en los lugares de mayores ingresos ya habían disminuido su movimiento a la mitad. Las áreas más pobres no vieron una caída similar hasta tres días después2.

En muchas áreas metropolitanas, el 10 por ciento más rico ha efectivamente reducido sus movimientos a cero. Pero para el 10 por ciento más pobre, solo llega cerca de cero los fines de semana antes de repuntar durante la semana laboral. Muchos trabajadores de bajos salarios se han visto obligados a trabajar en condiciones insalubres y sin la protección adecuada.

Una encuesta de la Fundación de la Familia Kaiser publicada el miércoles y realizada en la última semana de marzo, descubrió que el 57 por ciento de los adultos en EE. UU. reportan estar preocupados de estar en riesgo de exponerse por no poder costear no trabajar. Para un segmento de los adultos que gana menos de $40.000 anualmente, la cifra aumenta a 72 por ciento o casi tres cuartas partes.

Por supuesto, también está el acceso a la salud. Los trabajadores de bajos ingresos frecuentemente no tienen seguro ni han pagado una cobertura privada con altos copagos y pagos deducibles. Incluso antes de que golpeara el virus, la esperanza de vida de los pobres en EE. UU. era 20 años menor que la de los ricos, debido en parte significativa al sistema de salud basado en clases.

En cuanto a las pruebas, los trabajadores están descubriendo que incluso cuando tienen síntomas de COVID-19 —fiebre, tos seca, dificultad para respirar— no pueden hacerse la prueba.

Nathan Tetreault, un trabajador en una tienda del sur de Alabama le dijo al National Public Radio que, a pesar de sufrir todos los síntomas, no pudo hacerse la prueba porque era demasiado joven y no cumplía con otros criterios. El doctor le dijo, “Sí, estás solo”. Después de pedir una licencia por enfermedad breve, Tetreault tiene que regresar al trabajo sin saber si tiene la enfermedad o si sigue siendo contagioso.

Historias como estas están repitiéndose miles de veces cada día.

Los trabajadores inmigrantes, muchos de los cuales están indocumentados, evitarán buscar pruebas y tratamiento por temor a ser deportados y exponer a sus familiares al mismo destino. Aquellos detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, sigla en inglés) han estado protestando para que los liberen, a medida que la enfermedad se propaga en las prisiones saturadas e insalubres. Las mismas condiciones prevalecen para los más de dos millones de encarcelados en el país.

Mientras tanto, los ultrarricos permanecen en el confinamiento cómodo de sus mansiones, casas de verano o búnkeres de supervivencia completamente abastecidos.

Si se contagian del coronavirus, los ricos pueden esperar resultados prontos y un cuidado de salud “de conserjería”, lejos de la chusma en los desbordados hospitales. Se ha reportado una carencia de servicios de jet privado por todas las personas ricas que escapan de la Ciudad de Nueva York y otras ciudades. Forbes reportó que el ejecutivo milmillonario de la industria de entretenimiento, David Geffen, se está refugiando en su multimillonario yate en el Caribe.

Las áreas más golpeadas de la Ciudad de Nueva York, el epicentro global actual, se encuentran en los barrios más pobres de Queens, Brooklyn y el Bronx. Detroit, la ciudad grande más pobre del país, donde miles no tienen agua corriente en sus casas, los hospitales ya están desbordados por casos, colocando al estado de Michigan justo detrás de Nueva York y Nueva Jersey en cifras de infecciones y muertes.

Las consecuencias económicas, por supuesto, también recaerán más profundamente en los trabajadores, muchos de los cuales viven de cheque a cheque y no cuentan con ahorros para enfrentar una emergencia de salud.

El Congreso le ha entregado un rescate de billones de dólares a Wall Street para apuntalar los bancos y grandes empresas, mientras le ofreció una miseria a la clase obrera. Mientras millones pierden sus empleos, los pocos miles de dólares entregados por persona son demasiado poco y demasiado tarde.

Los trabajadores ya están teniendo que decidir entre comprar comida para sus familias o pagar la renta. Se estima que el 40 por ciento de los inquilinos en la Ciudad de Nueva York no pagarán su renta este mes. En toda ciudad, miles de personas han estado haciendo filas por horas en bancos de alimentos semanales con entregas en auto, con muchos utilizando estos servicios por primera vez.

Estas condiciones se repiten en distintas formas por todo el mundo. El diario español El País documenta las disparidades de riqueza en un artículo que cita a un trabajador de una tienda en Madrid: “Somos la tercera clase del Titanic. Nos jugamos la vida por una mierda. Estamos vendidos”.

Los países y regiones con los niveles más concentrados de pobreza son los más vulnerables. Cuando el virus se propague por los campos de refugiados en Oriente Próximo y el norte de África, y en las favelas y barrios de clase obrero densamente poblados de América del Sur, África y el sur de Asia, las consecuencias serán catastróficas.

A medida que crece la pandemia, la clase trabajadora está estallando, con un movimiento en auge de trabajadores de Amazon, de tiendas de abarrotes y plantas manufactureras exigiendo que sean protegidos de la enfermedad. Las huelgas salvajes de los trabajadores automotores el mes pasado, que se desencadenaron cuando los trabajadores salieron positivos al coronavirus, obligaron con éxito el cierre de la mayoría de armadoras de América del Norte, a pesar de un esfuerzo conjunto del sindicato UAW y las empresas para mantener las fábricas operando.

Este movimiento cada vez más grande de la clase obrera necesita estar guiado por una conducción consciente con un programa anticapitalista y socialista claro.

El Partido Socialista por la Igualdad exige el cierre de toda la producción no esencial, incluyendo las empresas de servicios y manufactura que sigan operando. Todos los trabajadores suspendidos deben recibir sus ingresos plenos. Debe haber una moratoria en todo pago de renta, servicios públicos y otros recibos.

La atención médica debe ser gratis y accesible para todos sobre una base igualitaria, independientemente del ingreso o la cobertura de seguro. Los trabajadores inmigrantes deben gozar de los mismos derechos y beneficios de todos los trabajadores.

La riqueza acaparada por los ricos debe ser confiscada y utilizada para proteger las vidas de los trabajadores esenciales que tienen que seguir trabajando durante la pandemia para producir respiradores y otro equipo necesario y para proveer lo que aquellos en las casas necesiten.

Estas demandas solo se pueden realizar movilizando toda la fuerza organizacional y social de la clase obrera, con base en un programa socialista cuyo objetivo es la toma de poder político por parte de la clase obrera de manos de la clase capitalista. La desigualdad del capitalismo debe ser reemplazada por la igualdad del socialismo.

(Publicado originalmente en inglés el 4 de abril de 2020)

Niles Niemuth