‘Waiting for the Barbarians’: «Es un torturador obsceno. ¡Se merece que lo cuelguen!»

por David Walsh
8 septiembre 2020

Dirigida por Ciro Guerra, escrita por J. M. Coetzee, basada en la novela de Coetzee

Waiting for the Barbarians, de Ciro Guerra, es una obra notable, que indigna, y que debería indignar. En nuestra opinión, es una película que los lectores del WSWS y demás espectadores deberían ver y apoyar.

Basada en la novela de 1980 del escritor sudafricano J. M. Coetzee, con un guion del propio Coetzee (un dato importante), la película está ambientada en una aldea remota de un imperio ficticio (o una mezcla de imperios), aparentemente en el siglo XIX.

El protagonista es el magistrado (Mark Rylance), un funcionario de mediana edad que intenta trabajar y vivir su vida sin demasiado estrés ni problemas. Durante gran parte de su tiempo analiza los artefactos producidos por la población local de «bárbaros» —nómadas que habitan en una región montañosa de los alrededores— y disfruta de la compañía de varias mujeres locales.

El magistrado recibe una visita inesperada de un funcionario de la seguridad del Estado, un policía, el coronel Joll (Johnny Depp), que usa lentes oscuros poco comunes y habla del peligro que representan las tribus indígenas. Fiel a su palabra, Joll encarcela a un hombre y a su sobrino (el pueblo no tiene celdas adecuadas) por ser ladrones de ovejas («Los soldados nos detuvieron por nada», le dicen al magistrado). Los hombres de Joll torturan a ambos, lo que provoca la muerte del hombre mayor y la confesión del sobrino sobre los planes de una insurrección, que lleva agua para el molino de Joll. Después de todo, su cargo depende de la existencia de tales amenazas para el imperio.

Gana Bayarsaikhan y Mark Rylance en 'Waiting for the Barbarians'

El magistrado reprende al hombre de la seguridad del Estado y señala que la supuesta conspiración es un absurdo. Este último explica su teoría general para sacarle información a los presos, un método que requiere «paciencia» y perseverancia. Cuando busca la «verdad», necesita ejercer presión para encontrarla: «Primero se consiguen mentiras, luego presión; entonces más mentiras, y más presión; luego viene el descanso; después del descanso, más presión; y luego, por fin, la verdad. Así es como la consigues». El dolor es la verdad, explica el torturador, todo lo demás está sujeto a dudas.

El coronel Joll realiza varias expediciones. Los prisioneros son llevados al pueblo, son golpeados y abusados. El magistrado protesta varias veces, sin resultado. Joll planea una excursión más larga y ambiciosa. «Si se pierde, será mi trabajo encontrarlo y traerlo de vuelta a la civilización. Le aconsejo que no vaya», le dice el magistrado. Obviamente, Joll vuelve a partir. El protagonista libera a los prisioneros «bárbaros» y limpia la zona en la que estaban recluidos.

En ausencia de Joll, el magistrado encuentra a una mujer joven (Gana Bayarsaikhan), que parece estar incapacitada y pide limosna en la calle. Sucede que es una de las exprisioneras. Fue torturada, casi quedó ciega y presenció la muerte de su padre. El magistrado la trata amablemente, le cura sus tobillos rotos (el magistrado presume que fue obra de Joll y sus hombres) y se interesa por ella. Sus sirvientes asumen que es su concubina. «¿Qué están haciendo ahí arriba?». «Lo de siempre».

Después de negarse durante un tiempo a responder las preguntas del magistrado, la joven cuenta que los interrogadores le rompieron los pies y le pusieron un tenedor al rojo vivo en los ojos. «¿Quieres que te lleve de vuelta?», le pregunta él, deseando que ella diga que no. El protagonista y varios de sus hombres trasladan a la mujer a su pueblo. A su regreso al puesto, el magistrado es acusado de «colaborar traicioneramente con el enemigo». «No tenemos ningún enemigo», responde con suavidad.

Luego llega otro grupo de prisioneros. Están unidos por un alambre, como explica la novela, que «atraviesa la carne de las manos de cada hombre y los agujeros perforados en sus mejillas. “Los vuelve mansos como corderos”, me dijo un soldado que una vez había visto la artimaña: “No piensan en nada más que en quedarse quietos”».

Una vez liberado, el magistrado interviene en vano para proteger a los detenidos de un destino horrible, un castigo depravado en el que las autoridades también involucran a la población local. Al ser interrogado por Joll y su cómplice, el igualmente sádico Mandel (Robert Pattinson), el magistrado invierte la situación y los acusa de criminales. Joll dice burlonamente que el magistrado desea ser «el único hombre justo en el lugar», pero no es más que un «payaso» insignificante. «Aquí no hay nada. A la gente no le interesa».

Los acontecimientos se precipitan. La misión imperial de Joll termina en un desastre para casi todos los involucrados.

Esta es una película muy dura, a veces dolorosa de ver, una obra de arte reflexiva y devastadora, una rareza en nuestros días. El director colombiano Ciro Guerra (Embrace of the Serpent, Birds of Passage, Green Frontier) trabajó cada aspecto de la producción con mucho cuidado.

Robert Pattinson en 'Waiting for the Barbarians'

Contó con la colaboración del gran director de fotografía británico Chris Menges, que empezó a trabajar en la industria cinematográfica a fines de los años sesenta y principios de los setenta con Lindsay Anderson (If…), Ken Loach (Poor Cow, Kes) y Stephen Frears (Gumshoe). En una entrevista con el portal de Internet Cineuropa, Guerra dijo que «fue un placer trabajar» con Menges, «para mí y para mi director de fotografía habitual, David Gallego, a quien traje como operador de cámara para que aprendiera de un gran maestro. Sin embargo, yo siempre trabajo cerca de mis directores de fotografía y e intento estudiar sus procedimientos, pero en el caso de Chris Menges, no sé cómo lo hizo. Fue increíble. Tiene 78 años, pero tiene más energía que cualquiera de nosotros».

Rylance es uno de los actores de teatro, cine y televisión más inteligentes y sensibles de la actualidad. En su trabajo no hay una sola palabra o gesto deshonesto, fraudulento o innecesario. Depp, por fin, hizo una interpretación digna de su genuino talento, después de aparecer en muchas porquerías. En la entrevista antes mencionada, Guerra señaló, con cierta irreverencia, que Depp «estaba feliz de volver a trabajar con actores: cuando trabajas con efectos especiales, se hace muy solitario el trabajo con pantallas verdes. Así que se sumó al proyecto». Pattinson, también víctima a una edad temprana de la terrible saga de películas Twilight, demuestra su seriedad artística encarnando a un policía brutal.

Waiting for the Barbarians es una película inusual porque usa la alegoría (a menudo un dispositivo débil, abstracto, «universal», que le quita especificidad a los personajes y los hechos) para realzar el realismo histórico y social del relato. Aunque el período de tiempo y el lugar (¿Mongolia, Marruecos, Afganistán?) son vagos, los hechos duros y fríos que muestra no lo son. No hay manera de interpretar seriamente esta película como otra cosa que una dura condena al imperialismo en general, y al neocolonialismo estadounidense en particular. Es difícil pensar en otra crítica tan severa en las últimas décadas.

La novela corta de Coetzee se centra en la tragedia de un hombre mayor y liberal, que de golpe se enfrenta con el salvajismo del régimen al que ha servido de modo complaciente durante décadas, convirtiéndose en una de sus víctimas. En la novela el magistrado se pregunta: «¿Por qué sería inconcebible que el gigante que los pisoteó a ellos me pisotee a mí? Creo que no le temo a la muerte. Creo que lo que me asusta es la vergüenza de morir siendo tan estúpido y aturdido como hasta ahora». Más tarde agrega: «Después de todo, ¿qué defiendo además de un código arcaico de comportamiento caballeroso hacia los enemigos capturados? ¿A qué me opongo además de la nueva ciencia de la degradación, que mata a personas de rodillas, confundidas y deshonradas?».

En una entrevista de 1982, el novelista explicó que la situación del magistrado estaba «plagada de contradicciones. Por un lado, desea la tranquilidad que ha tenido en su vida. Esa es una vida imperial. Es una vida que se ha basado en la conquista. Durante su vida no ve el costado más brutal de la conquista. Luego se enfrenta a la realidad del imperialismo y toma una decisión en esa situación, pero no es una opción históricamente viable, que la gente pueda seguir a gran escala como forma de vida».

En la novela, el magistrado finalmente reconoce la verdad desagradable de que él no ha sido «como quería creer, el indulgente amante del placer, la cara opuesta del frío y rígido coronel. Yo era la mentira que el imperio se cuenta a sí mismo cuando los tiempos son fáciles y él es la verdad que el imperio cuenta cuando soplan vientos oscuros. Dos caras del dominio imperial, ni más ni menos».

El guion simplifica la novela y la mejora en muchos sentidos. Quedan en segundo plano la turbia vida sexual e imaginaria del magistrado y sus autocríticas y remordimientos. Obviamente, la necesidad de hacer una película de dos horas tuvo algo que ver con eso, pero las dos décadas de incesante violencia imperialista en Oriente Próximo y Asia central también tuvieron su papel. En su guion, Coetzee pone el énfasis, sin rodeos, en la agresión desenfrenada y la crueldad de las fuerzas de ocupación.

Johnny Depp en 'Waiting for the Barbarians'

El escritor-guionista conservó los momentos más fuertes de la novela. El discurso apasionado pero sensato de Rylance ante Joll es un momento de gran poder moral en ambas obras. «Usted es el enemigo aquí», declara. «Es un torturador obsceno. ¡Se merece que lo cuelguen!». Es muy raro que los cineastas contemporáneos se atrevan a poner palabras tan honestas en la boca de sus personajes, palabras con las que millones de personas están de acuerdo. ¡Qué saludable, refrescante y necesario que es eso!

Como en la novela (de manera condensada en el filme), el magistrado también le pregunta amablemente a Mandel sobre sus actividades de tortura: «¿Cómo puede comer después, después de que ha estado... trabajando en la gente? Esa es una pregunta que siempre me he hecho sobre los verdugos y otras personas similares. (…) ¿Le resulta fácil comer después? Me imagino que uno querrá lavarse las manos. Pero ningún lavado sería suficiente. Se requeriría la intervención de un sacerdote, una purificación ritual, ¿no cree? También una especie de purga del alma, así es como lo he imaginado. De lo contrario, ¿cómo sería posible volver a la vida cotidiana, sentarse a la mesa, por ejemplo, y compartir el pan con la familia o los compañeros?».

Waiting for the Barbarians, como es debido, puso nerviosos e incómodos a la mayoría de los críticos. ¿Quién quiere ver una película como esta cuando es perfectamente posible (y bastante fácil) evitar semejante disgusto y seguir siendo un filisteo autocomplaciente?

El periódico The New York Times menospreció a la película con desdén. Su reseña afirma, por ejemplo, que Depp «hace un show con su sobriedad y parece que todavía está trabajando con Tim Burton». Pattinson, «como un subordinado cruel de Joll, se une a la maldad, aportando burlas imperialistas y risas sádicas de historietas».

El Times, faltaba más, conecta de manera cínica y engañosa el rechazo con su obsesión con la política de la identidad. Su comentario señala, a regañadientes, que la película no emplea al magistrado «como potencial salvador blanco». Entonces, ¿por qué mencionarlo, excepto para plantar la conclusión en la mente de los lectores? La reseña argumenta que el personaje central «tampoco es totalmente consciente de que él es parte del problema como funcionario del colonialismo. La renuencia de la película a profundizar en este aspecto le impide aprovechar su potencial profundidad dramática. En cambio, Barbarians pretende conectar una mentalidad anticolonialista con un estilo narrativo orientalista de la vieja escuela». Qué absurdo. Lo que el Times realmente no soporta es el antimperialismo desvergonzado de la película.

Estos críticos no se atreven a sugerir que sus corazones están con Joll y apenas ocultan su resentimiento por los escrúpulos morales y las quejas del magistrado. Preferirían un retrato «matizado» de estos asesinos, que relativice todo y lo haga convenientemente ambiguo, que borre la línea divisoria entre la criminalidad y la humanidad, que genere la misma simpatía y hostilidad hacia el torturador y la víctima.

La condescendiente falta de entusiasmo de los críticos ( Waiting for the Barbarians es «tediosa desde un punto de vista dramático», «orgullosamente poco sutil», «una alegoría gruesa y siniestra», «un bodrio solemne de forma mal concebida»), entre los cuales una escasa mayoría elogió a esta obra extraordinaria, refleja de manera inequívoca su posición social. Este sector acomodado, que se beneficia del auge del mercado de valores y otras operaciones financieras parasitarias y está obsesionado con preocupaciones raciales y de género, preferiría no tener que ver (y que otros no vean) una obra que se ocupa directamente de la brutalidad de la violencia colonialista. Ese entorno social comprende, de manera parcial o total, que la violencia imperialista en Estados Unidos y en el extranjero protege su riqueza y sus privilegios. Esto explica el esfuerzo de esos críticos por colocar un cordón sanitario alrededor de la película de Guerra.

(Publicado originalmente en inglés el 2 de septiembre de 2020)