Con más de 1 millón de muertos, ¿quiénes han sido las víctimas de la pandemia de coronavirus?

Segunda parte

por Benjamin Mateus
14 octubre 2020

Esta es la segunda parte de una serie. Para leer la primera parte haga clic aquí.

Una breve nota sobre los niños

Niños llegan a su primer día de clases (crédito: Maja Hitji)

Los investigadores del Instituto Ambiental de Princeton (PEI, siglas en inglés), la Universidad Johns Hopkins y la Universidad de California en Berkeley, realizaron recientemente un estudio observacional de rastreo de contactos más amplio con funcionarios de salud pública en los estados de Tamil Nadu y Andhra Pradesh, en el sureste de India, en el que participaron 575.071 personas que estuvieron expuestos a 84.965 casos confirmados de COVID-19.

El autor principal, Ramanan Laxminarayan, descubrió que el 8 por ciento de las personas infectadas representaron el 60 por ciento de las nuevas infecciones, mientras que el 71 por ciento de las personas infectadas no transmitieron la infección a ninguno de sus contactos. Las muertes por COVID-19 ocurrieron, en promedio, seis días después de las hospitalizaciones, frente a un promedio de 13 días en los EE. UU. Como en otros países, la proporción de muertes está sesgada hacia la población de mayor edad.

El estudio encontró, sin embargo, que los niños y adultos jóvenes representaron un tercio de los casos de COVID y fueron un factor significativo en la transmisión del virus. Además, los niños y adultos jóvenes eran propensos a contraer el coronavirus de personas de su edad. “Los niños son transmisores muy eficientes en este entorno, que es algo que no se ha establecido firmemente en estudios anteriores”, explicó el autor principal a la corresponsal del PEI, Morgan Kelly. Esto tiene implicaciones significativas para la reapertura de escuelas, según aparecen titulares de maestros que sucumben al COVID-19.

En los EE. UU., según los datos proporcionados por la Academia Estadounidense de Pediatría, al 1 de octubre, había 657.572 niños infectados con COVID-19 de un total de 6.231.564 casos, o el 10,6 por ciento. Esto sitúa la tasa general en 874 casos por cada 100.000 niños de la población, después de una serie de aumentos semanales desde un nivel de 583 por cada 100.000 niños el 20 de agosto.

En 42 estados y la ciudad de Nueva York, la tasa de mortalidad de los niños fue del 0,02 por ciento de los infectados, mientras que solo el 1,7 por ciento de los niños infectados fueron hospitalizados. Ha habido 112 muertes infantiles acumuladas en los EE. UU. Hay datos similares para Europa y Asia.

No obstante, existen algunas tendencias inquietantes. Después de California, el estado más poblado y con el mayor número de niños infectados con COVID-19, los estados con los totales más altos de niños infectados incluyen Florida, Tennessee, Arizona, Georgia y Carolina del Sur, en el sur y suroeste. Illinois es el único estado del norte que ocupa un lugar destacado en la lista. En términos porcentuales, las peores cifras se encuentran en Wyoming y Dakota del Norte en el norte del país, y Tennessee y Carolina del Sur en el sur. Los primeros puntos calientes del norte durante la pandemia —Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Michigan— tienen algunas de las tasas más bajas para los niños, ya que el virus se extendió de manera desproporcionada por los hogares de ancianos.

Una afección grave que afecta a un pequeño subconjunto de niños infectados con el coronavirus denominado síndrome inflamatorio multisistémico asociado a COVID-19 (MIS-C) se presenta de dos a cuatro semanas después del inicio del COVID. La enfermedad se identificó en abril de 2020, cuando un grupo de niños en Europa y la ciudad de Nueva York sufrieron un shock hiperinflamatorio que tenía características como la enfermedad de Kawasaki y el síndrome de shock tóxico. Los signos y síntomas clínicos incluyeron fiebre, exantema, conjuntivitis, síntomas gastrointestinales, marcadores inflamatorios elevados y lesiones cardíacas. Hasta el 29 de julio, los CDC han documentado 570 casos de MIS-C en los EE. UU. con 10 muertes.

En los países más pobres, es probable que las consecuencias socioeconómicas de la pandemia sean aún más mortales para los niños que las estrictamente médicas. En todo el mundo, 15.000 niños menores de cinco años mueren cada día por todas las causas (5,4 millones al año). La tasa de mortalidad anual llega al 3,9 por ciento de todos los niños. Los países más pobres, como Chad, Nigeria y otros en África subsahariana tienen tasas de mortalidad en el rango del 7 al 10 por ciento. A pesar de los avances logrados en las últimas tres décadas para reducir estas cifras, la devastación económica provocada por la pandemia conducirá indirectamente a más muertes entre este frágil grupo que perderá el acceso a agua potable, nutrición y servicios de salud, mientras que las presiones políticas pueden dar lugar a conflictos regionales y otros tipos de violencia.

¿La mortalidad por COVID-19 se ve impulsada por la raza o clase?

Una paciente recibe una vacuna (crédito: Joe Raedle)

Al principio de la pandemia en los Estados Unidos, incluso antes de que el presidente Trump hiciera su predicción notoriamente errónea de que el virus desaparecería repentinamente, quedó claro que la pandemia estaba teniendo un impacto desproporcionado en los vecindarios más pobres de la clase obrera.

Un artículo del 4 de febrero en el Philadelphia Inquirer señaló que “la pobreza es fundamental para cultivar las condiciones que permiten que la enfermedad se propague. A su vez, las enfermedades infecciosas exacerban ciertos factores que contribuyen a la pobreza. En muchas partes del mundo, la atención médica no es gratuita ni barata, lo que genera una gran presión financiera para las familias que ya viven por debajo del umbral de la pobreza”. El 7 de febrero, Mother Jones escribió, “mientras ciertos grupos raciales y étnicos podrían ser más vulnerables a las enfermedades infecciosas, está bien documentado que los pobres son los más afectados por los brotes de enfermedades virales”.

El informe de Bob Woodward, basado en largas entrevistas con Trump, documentó que en ese momento todo el aparato gubernamental había sido informado completamente sobre la naturaleza letal del virus, y había una comprensión clara del potencial mortal de la propagación de la pandemia a través de zonas urbanas densamente pobladas y centros donde se concentran los pobres. Las consecuencias ya se podían ver a finales de febrero, con las imágenes y los informes de los hospitales y ciudades italianas.

Se hizo evidente para el Partido Demócrata y sus organizaciones auxiliares que las discusiones en la prensa y el impacto del contagio en la sociedad estadounidense podrían poner de relieve las divisiones socioeconómicas dentro de la sociedad estadounidense. En consecuencia, trabajaron para redirigir la discusión de este desastre social masivo hacia los canales bien establecidos de las políticas de identidades. La raza se usaría para suprimir cualquier discusión sobre clase social y pobreza.

A finales de marzo, los legisladores demócratas en el Congreso, encabezados por los senadores Elizabeth Warren, Cory Booker y Kamala Harris, y las representantes Ayanna Pressley y Robin Kelly, comenzaron a presionar por la divulgación federal de datos raciales sobre COVID-19. A principios de abril, los principales medios de comunicación, incluyendo el New York Times y el Washington Post, publicaron activamente narrativas racialistas sobre la pandemia.

Además, desde principios hasta mediados de abril, los gobernadores demócratas enfatizaron la publicación de datos estatales del COVID-19 según raza y la formación de grupos de trabajo destinados a abordar las disparidades raciales. Para el 14 de abril, más de 80 senadores y representantes demócratas patrocinaron un proyecto de ley para obligar a los funcionarios federales de salud a publicar datos diariamente que desglosaran los casos y muertes de COVID-19 por raza y origen étnico. No se impusieron tales requisitos en relación con los ingresos ni ocupación.

Todos los paneles de COVID-19 estatales y nacionales ahora han organizado sus informes en términos raciales omitiendo cualquier dato ocupacional sobre las víctimas del COVID-19 o datos del tramo censal que proporcionarían inferencias socioeconómicas. Las desigualdades raciales y el racismo sistémico fueron los temas destacados repetidamente en los medios de comunicación, cuando, de hecho, ciudades como Detroit, Chicago, Houston, Filadelfia y los distritos de la ciudad de Nueva York fueron devastados por la pandemia. Pero sus poblaciones no estaban compuestas única o principalmente por personas de color. Eran personas de clase obrera de todas las razas, orígenes étnicos y tonos de piel.

En Michigan, por ejemplo, el número de muertos más alto fue inicialmente en Detroit, y en un momento, se informó que los residentes afroamericanos de esa ciudad tenían tres veces más probabilidades de conocer a alguien que había muerto de COVID-19 que los residentes fuera de Detroit que son predominantemente blancos. Pero estas disparidades disminuyeron a medida que la pandemia penetró en áreas rurales y de pueblos pequeños. Los blancos ahora comprenden más de la mitad de los casos de COVID-19 en Michigan, y el condado con la mayor cantidad de infecciones es el condado de Oakland, que comprende los suburbios del norte y noroeste de Detroit, no el condado de Wayne, que incluye la ciudad y sus suburbios del oeste y suroeste.

Las investigaciones más recientes y concienzudas han vuelto a describir el papel de la pobreza y su asociación con la gravedad del COVID-19.

Nicholas Papageorge et al. muestran que las personas con ingresos más bajos, situaciones laborales menos flexibles y falta de espacio exterior en el hogar tienen menos probabilidades de distanciarse socialmente: “En general, nuestros hallazgos se alinean con las relaciones típicas entre la salud y el nivel socioeconómico”.

Mark Stabile et al. destacaron que las condiciones crónicas que predisponen a resultados graves ante una infección del COVID-19 ocurren con mayor frecuencia en aquellos en el nivel económico más bajo. Escriben, “es lógico entonces que si las personas con ingresos más bajos tienen más probabilidades de tener múltiples afecciones crónicas y las que tienen múltiples afecciones crónicas tienen más probabilidades de experimentar resultados graves ante el COVID-19, las personas de bajos ingresos van a sufrir una mayor afección por el COVID-19, con todo lo demás igual. Si añades a esto la existencia de barreras de acceso a las pruebas y la atención que todavía existen en muchos lugares según los ingresos, el efecto de contraer COVID-19 si tienes ingresos más bajos será más severo para su salud, en promedio”.

Un estudio realizado por Caitlin Brown y Martin Ravallion señaló que encontraron que una mayor proporción de población de negros e hispanos estaban asociados con tasas de infección más altas a nivel de condado. Así caracterizan sus hallazgos: “Vemos el efecto combinado de la mayor incidencia de pobreza entre estos grupos raciales/étnicos y el hecho de que existe una concentración de estos grupos entre aquellos designados 'trabajadores esenciales' en el sector médico, la preparación de alimentos y otros servicios, que están más expuestos al virus a través de su trabajo”. Añaden que los predictores socioeconómicos tienden a ser más importantes para las “muertes a través de las tasas de infección, que independientemente de estas últimas”.

La élite gobernante comprende que la pandemia golpea con más fuerza a los más desfavorecidos por las relaciones capitalistas sin importar el color de su piel o la demografía racial y étnica. Los más pobres de los centros urbanos se han enfrentado a décadas de dificultades en todos los aspectos de la vida, debido al trabajo físicamente exigente, la mala nutrición, la mala infraestructura y el acceso inadecuado a la atención médica, que ha visto sus expectativas de vida caer muy por debajo de las de los niveles de ingresos más altos. Los afroamericanos ricos o de clase media-alta no tienen más probabilidades de ser morir por COVID-19 que los blancos ricos o de clase media-alta.

Conclusión: parálisis internacional

Dado que más del 90 por ciento de la población mundial aún no ha estado expuesta ni es inmune al coronavirus, todas las agencias de salud internacionales han señalado que una vacuna eficaz y segura será fundamental para poner fin a la pandemia. Sin embargo, un esfuerzo tan masivo para suministrar a las naciones más empobrecidas una vacuna contra el SARS-CoV-2 está plagado de muchos obstáculos.

La Organización Mundial de la Salud, en coalición con el GAVI y el CEPI, han implementado un ambicioso proyecto COVAX (COVID-19 Vaccines Global Access) para coordinar el desarrollo global de vacunas y la distribución justa y equitativa de una vacuna eventualmente autorizada. El objetivo es tener 2 mil millones de dosis para distribuir para fines de 2021 que deberían ser suficientes para vacunar al 20 por ciento a los trabajadores de primera línea y las personas más vulnerables de cada país participante.

Solo Estados Unidos y Rusia han optado por no participar ni apoyar el esfuerzo. Pero muchos de los países más ricos ya han hecho acuerdos con farmacéuticas que bloquean el futuro suministro de vacunas del mundo. Según OXFAM International, “las naciones ricas que representan solo el 13 por ciento de la población mundial ya han acaparado más de la mitad de las dosis prometidas de los principales candidatos a la vacuna COVID-19”. Incluso en el improbable caso de que todos los candidatos que están a la vanguardia en las pruebas de fase tres tuvieran éxito, el 61 por ciento de la población mundial (4,76 mil millones de personas) no verá una vacuna hasta al menos 2022.

Habiendo recibido miles de millones de dólares de los contribuyentes para financiar su empresa, Moderna ha declarado sin rodeos que tiene la intención de obtener ganancias de su vacuna, al igual que cualquier otro fabricante farmacéutico involucrado en la producción y los ensayos de vacunas. Con precios por dosis que oscilan entre $12 y $16 en los EE. UU. y $35 para otras naciones, las naciones pobres simplemente quedarán excluidas.

El proyecto COVAX está teniendo dificultades para recibir los millones de dólares necesarios de los países donantes y grupos privados para iniciar el proyecto, ni hablar de los estimados $5 mil millones más para fines del próximo año para financiar la iniciativa. Aunque la UE ha contribuido unos miserables $469 millones en apoyo para el esfuerzo, ha firmado su propio acuerdo para adquirir más de mil millones de dosis.

Teniendo en cuenta los billones de dólares en estímulos que los gobiernos han transferido a los mercados, no hay interés en financiar ningún proyecto de este tipo. El patrimonio de $200 mil millones de Jeff Bezos permanecerían prácticamente intactos si solo él proporcionara todos los fondos. Sin embargo, tiene pocas ganas de hacer más que lucrar a partir de las oportunidades que le ha brindado la pandemia, mientras que el virus ha infectado a cerca de 20.000 de sus empleados.

La pandemia ha intensificado la rápida decadencia del capitalismo. Sus agencias internacionales auxiliares se han vuelto impotentes. Se han convertido en cáscaras vacías que brindan valoraciones y análisis retóricos sin poseer o tener acceso a los medios financieros para implementar la logística necesaria para sus programas. En pocas palabras, estos desarrollos globales actúan como una medida de diagnóstico de la agonía mortal del orden internacional que ha estado en un continuo estado de crisis y declive durante casi medio siglo.

Este análisis se hace evidente en un informe reciente emitido por la Junta de Monitoreo de la Preparación Global. Escriben, “[la pandemia] ha aprovechado y exacerbado las fisuras dentro de las sociedades y entre las naciones. Ha aprovechado las desigualdades recordándonos en términos inequívocos que no hay seguridad sanitaria sin seguridad social. El COVID-19 se ha aprovechado de un mundo en desorden”.

Además, según el Banco Mundial, la pandemia y la catástrofe económica que ha provocado arrojarán hasta a 100 millones de personas a la pobreza extrema, que se define como “subsistir con menos de 1,90 dólares al día (a precios de 2011)”. Muchos de estos nuevos indigentes estarán en el sur de Asia. Las Naciones Unidas predice que 490 millones en 70 naciones perderán acceso al agua potable, electricidad, nutrición y escuelas. Se espera que la inminente crisis alimentaria y el hambre afecten a otros 130 millones.

Estos índices económicos ocultan la magnitud real del dolor y el sufrimiento que ya han enfrentado millones y millones. Estas condiciones continuarán deteriorándose según todos los indicios, alimentando aún más el antagonismo de clases que crece a pasos agigantados. Estallarán conflictos regionales para desviar a lo largo de líneas nacionalistas las críticas presiones sociales alimentadas por las deudas acumuladas.

Europa y Estados Unidos han demostrado ser incapaces de atender las necesidades del mundo ni de enfrentar esta pandemia de una manera razonable.

La política de inmunidad colectiva equivale a la eutanasia social, un ataque frontal a la clase trabajadora, en lo que equivale a una guerra civil global. Sin embargo, los medios para detener el coronavirus y proveer los bienes necesarios para la población del planeta existen dentro de las capacidades de la ciencia y tecnología de la medicina moderna. Un millón personas ha muerto. ¿Cuántos millones más se añadirán a esta sombría estadística? Eso depende de la intervención independiente de la clase trabajadora internacional.

(Publicado originalmente en inglés el 10 de octubre de 2020)

 

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