La victoria del MAS en Bolivia y las traiciones del nacionalismo burgués en América Latina

por Tomás Castanheira
29 octubre 2020

El viernes pasado, la Corte Suprema Electoral de Bolivia declaró oficialmente la victoria en la primera vuelta de Luis Arce del Movimiento al Socialismo (MAS) en las elecciones presidenciales celebradas el 18 de octubre. Arce asumirá el cargo el 8 de noviembre, un año después de que el expresidente Evo Morales, del MAS, fuera derrocado en un golpe militar respaldado por Estados Unidos.

El régimen golpista liderado por la autoproclamada presidenta Jeanine Áñez ya había reconocido la contundente victoria de Arce, aunque antes de las elecciones declaró que una victoria del MAS significaría “el regreso de la dictadura”, y había movilizado fuerzas militares para prepararse para un posible nuevo golpe electoral.

El candidato presidencial de ultraderecha, Luis Fernando Camacho, quien sostuvo durante unos días que no tomaría la misma actitud “cobarde” que Áñez, terminó reconociendo a Arce como presidente el viernes. El Comité Cívico de Santa Cruz, organización fascista vinculada a Camacho, se vio aislada en su denuncia de un supuesto fraude electoral. A su vez, el Comité Cívico se desvinculó de la convocatoria de 48 horas de paro para la nulidad de las elecciones, que fue débilmente llevada a cabo solo por el “grupo de choque” Unión Juvenil Crucenista (UJC).

El presidente electo del MAS Luis Arce (derecha) con su compañero de fórmula David Choquehuanca (Fuente: Facebook)

El regreso del MAS al poder en Bolivia está siendo celebrado por sus homólogos latinoamericanos, los desmoralizados partidos nacionalistas burgueses que lideraron los gobiernos de la denominada “Marea Rosa” de la década del 2000, como un punto de inflexión político en la región.

En Brasil, declaraciones de este carácter fueron emitidas por varios líderes del Partido de los Trabajadores (PT), que gobernó el país más grande de la región de 2002 a 2016, cuando la presidenta Dilma Rousseff fue derrocada mediante un juicio político basado en acusaciones inventadas.

La figura icónica del PT, el expresidente Luis Inácio “Lula” da Silva, declaró en Twitter: “Que Bolivia vuelva a la senda del desarrollo con inclusión y soberanía”. Su sucesora, Rousseff, escribió en español: “Que esta victoria inspire a los pueblos de nuestro continente que sufren bajo regímenes neoliberales y autoritarios”.

La presidenta nacional del PT, Gleisi Hoffmann, presenció el proceso electoral boliviano como observadora internacional y concluyó que “no hubo incidentes relevantes”, a pesar de reportar una presencia masiva de las Fuerzas Armadas en las calles, que ella justificó como “un poco de una tradición aquí”.

En Venezuela y Cuba, países con los que el régimen de Áñez cortó relaciones oficiales, la victoria del MAS fue celebrada por los herederos de Hugo Chávez y Fidel Castro. El presidente chavista Nicolás Maduro exclamó: “¡Gran Victoria! El pueblo boliviano, unido y consciente, derrotó el golpe de Estado que se llevó a cabo contra nuestro hermano Evo”. Arce ya ha declarado que restablecerá de inmediato las relaciones con ambos países.

El peronista Alberto Fernández, presidente de Argentina, donde Evo Morales se encuentra exiliado desde diciembre, declaró que la victoria del MAS “es una buena noticia para los que defendemos la democracia en América Latina”. Morales dijo que Fernández “se ofreció a llevarme personalmente a Bolivia”, un regreso que se dice que está programando con Arce para el próximo fin de semana.

El expresidente de Ecuador, Rafael Correa, condenado a ocho años de prisión por corrupción, y Fernando Lugo, presidente de Paraguay derrocado por un golpe de Estado en 2012, también celebraron la victoria. Lugo declaró: “¡Este enorme triunfo es un faro de ejemplo y esperanza para toda nuestra América!”.

Sin embargo, lo que estas fuerzas políticas buscan caracterizar como el retorno de la democracia, de políticas para reducir la desigualdad social e incluso una nueva era de prosperidad económica, contrasta con la situación real de extrema inestabilidad en el país.

Áñez entregará al MAS la presidencia de un país desgarrado por la lucha de clases. Las protestas rebeldes que han sacudido a Bolivia en los últimos meses, e incluso el aplastante voto del MAS contra los candidatos de derecha que apoyaron el golpe, han expresado el odio de los trabajadores y campesinos por el régimen represivo e ilegítimo

Pero las razones fundamentales de estos conflictos sociales radican en el repudio de las masas bolivianas a las condiciones de profundización de la miseria que, contrariamente a lo que afirman el MAS y sus partidarios, no fueron resueltas por el “milagro económico” del gobierno de Morales. El período final de su presidencia se enfrentó a crecientes luchas sociales y huelgas de la clase trabajadora, cuyas demandas fueron negadas por el gobierno y a las que respondió con la represión estatal.

El programa de la nueva administración del MAS estará centrado en la promoción de la “pacificación en todo el país” y la construcción de un “gobierno de unidad nacional”, en palabras del propio presidente electo Luis Arce. Es decir, trabajará por la supresión de la lucha de clases y la conciliación con los sectores fascistas de la burguesía boliviana que derrocaron a Morales en primer lugar.

En una larga entrevista transmitida el sábado por Piedra Papel y Tinta, Arce expresó claramente el contenido reaccionario de sus políticas capitalistas. Con una retórica nacionalista de “reactivar la economía” basada en la “sustitución de importaciones”, defendió los ataques promovidos por los gobiernos burgueses contra la clase trabajadora en todo el mundo.

Cuando se le preguntó si ante desafíos como “la pandemia, la crisis, la relación con Brasil”, consideraba implementar “medidas de choque” económicas, Arce respondió: “No, las medidas correctas”. Las “medidas correctas” defendidas por Arce se asemejan escalofriantemente a las políticas brutales promovidas por el presidente fascista de Brasil, Jair Bolsonaro, contra la clase trabajadora de este país vecino.

Citando un informe del Banco Mundial sobre la pandemia, Arce dijo: “Bolivia es el país que ha seguido más estrictamente una cuarentena y todo lo demás. En otros países hubo equilibrio. El tema de la salud es importante, pero también hubo flexibilidad con el tema económico, para que la caída no fuera tan fuerte”.

Arce atacó al gobierno de Áñez, no por imponer políticas violentas de hambre contra las masas bolivianas, sino por haber “priorizado la salud sobre la economía”. “Por otro lado”, dijo, “otros países, como Perú e incluso Brasil ... fueron más flexibles desde el punto de vista económico, por lo que el impacto no fue tan fuerte en la economía. Y tuvieron éxito”.

Los gobiernos criminales de Brasil y Perú, elegidos como modelos por Arce, lograron exclusivamente obtener los resultados más devastadores de la pandemia.

Perú es el país con la tasa de mortalidad per cápita por COVID-19 más alta del mundo. Brasil, con casi 160.000 víctimas de la enfermedad, tiene el segundo mayor número de muertos del planeta. Las clases trabajadoras de ambos países están sufriendo un aumento extremo del desempleo y un empeoramiento drástico de las condiciones de vida.

Como defensor de los intereses de la clase capitalista boliviana, el MAS es incapaz de promover políticas progresistas. El golpe militar del año pasado fue una reacción política de esta clase social a las profundas contradicciones que socavan su dominio sobre la sociedad, impulsadas por la crisis global del capitalismo y el aumento de las presiones imperialistas en la región latinoamericana.

Estas condiciones de crisis solo se han intensificado durante el último año, marcadas por el impacto de la pandemia mundial. Estos desarrollos necesariamente producirán nuevas y mayores explosiones de la lucha de clases, que será combatida desesperadamente por el nuevo gobierno del MAS, mientras las fuerzas fascistas se preparan para nuevos asaltos dictatoriales.

Los problemas fundamentales de las masas trabajadoras latinoamericanas —violencia estatal, miseria y opresión imperialista— no se pueden abordar apoyando a ningún partido de la burguesía nacional, por muy “izquierdistas” que sean sus pretensiones. La clase trabajadora debe luchar implacablemente contra estas fuerzas nacionalistas burguesas y todos sus apologistas entre la pseudoizquierda.

Expresando los intereses sociales de la clase media alta, que busca la estabilidad del dominio capitalista, los morenistas de la denominada Fracción Trotskista (FT-CI) argumentaron, como innumerables otros grupos del mismo carácter, que la victoria del MAS en Bolivia representa un “revés para Bolsonaro y la derecha continental”, en palabras de su líder parlamentario argentino Nicolás Del Caño.

Un artículo destacado en su sitio web, Izquierda Diario, que celebraba la “derrota de los golpistas en Bolivia” decía: “Esta derrota de la derecha continental podría extenderse si, como todo indica, Trump pierde las elecciones del 3 de noviembre”.

Siguen su apoyo al MAS en Bolivia hasta la conclusión lógica de que los intereses de la clase trabajadora latinoamericana están ligados a una victoria de Joe Biden en las elecciones estadounidenses de la próxima semana, que reemplace un partido capitalista por otro al frente del imperialismo estadounidense.

No importa que Biden como senador fue uno de los artífices del Plan Colombia, el operativo policial-militar que se cobró la vida de miles de colombianos y desplazó a cientos de miles. Tampoco que fuera vicepresidente de una administración que orquestó un golpe, muy parecido al de Bolivia, una década antes en Honduras, con el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya. Esta misma administración demócrata introdujo el régimen de sanciones punitivas contra Venezuela y le valió a su jefe, Barack Obama, el título de “deportador en jefe”.

Que los morenistas apoyen efectivamente la elección de un político imperialista tan veterano como un medio para derrotar a la “derecha continental” deja claro que no tienen nada que ver con la lucha por el socialismo.

En oposición implacable a estos burdos intentos de desviar a los trabajadores hacia el callejón sin salida de la política electoral burguesa y subordinar sus intereses a los del capital nacional e internacional, el Comité Internacional de la Cuarta Internacional (CICI) plantea la perspectiva de la movilización política independiente de toda la clase trabajadora basada en un programa socialista e internacionalista.

(Publicado originalmente en inglés el 28 de octubre de 2020)

 

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